Sobre Toda Cosa Guardada: La Herida Invisible y el Cuidado del Corazón

  

La herida del alma y la necesidad de cuidarla

En los procesos de sanación del alma que sufre ya sea por depresión, ansiedad, ira, culpa, entre muchas otras producto de lo propio de nuestras vidas y experiencias, en ocasiones olvidamos que nos encontramos frente a una herida la cual necesita ser cuidada y tratada adecuadamente, de acuerdo a la Palabra, para dar lugar a la restauración deseada.

Por la naturaleza de la herida del alma – esto es, al no poder verse –, nuestro mejor indicador de esto son justamente las emociones internas. Sin embargo, rara vez se considera el mismo cuidado que tendríamos con estas heridas que las que tendríamos con un corte en un dedo.

Esta herida física y dependiendo de la gravedad, cuidaríamos de que no se infecte, de prestar atención a cualquier síntoma extraño, de vendarla, de reemplazar las vendas y aplicar remedios para asegurarnos de que sane de la mejor forma posible. En marcado contraste, cuando enfrentamos pérdida, decepción, experiencias dolorosas, o cuando nos disponemos a sanar heridas traumáticas de nuestra infancia: ¿Qué cuidados ponemos a práctica en estos procesos?



La verdad es que muchas veces no sabemos qué hacer con estas cosas – o incluso, no sabemos que estamos ante una herida en el corazón –, y nuestra respuesta natural tiende a ser la del mundo: A querer ignorar, distraerse, o hasta molestarse cuando algún síntoma asociado – como angustia, miedo, o enojo – quiera naturalmente mostrarse para ser atendida y tratada de las formas correctas, muchas veces justamente para llamar nuestra atención a algo que claramente está ahí, y necesita ser visto.

Si bien la dimensión sobre cómo se sana el corazón es uno algo amplio – mas no complicado – para tratar con las herramientas bíblicas correctas, hoy quiero poner un énfasis de algo que el Espíritu me movió a abordar: A aquello que dejamos entrar en forma de mensajes o imágenes que alimentan o reabren nuestras heridas de forma constante, por sobre todo hoy, en una época en la que lo que escuchamos y vemos está en manos de un algoritmo, siempre en nuestro bolsillo, cuyo fin no es edificar ni nutrirte, sino el de sostener tu atención.

Cuidando lo que entra al corazón


En
Isaías 33 tenemos un excelente desglose respecto a algunas de las prácticas para empezar a crear terreno fértil donde la Palabra pueda entrar, echar raíz y dar los frutos espirituales que estemos buscando: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio” (Gálatas 5:22-23)

En particular, en Isaías 33:15 tenemos varias de estas claves, de las cuales si bien vale la pena hacer un estudio profundo, me gustaría considerar hoy una de estas claves: “(...) el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias; el que cierra sus ojos para no ver cosa mala”:

¿Por qué será tan importante para el Señor revelarnos a través de Isaías esta clave que es “no oir” y “cerrar sus ojos” frente al mal? ¿No es acaso cierto que un alma en la fe se fortalece aprendiendo a tolerar el mal y resistirle, como Pablo nos indicó al decirnos: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.”?

La verdad es un poco más complicada, pero lógica a la luz de las Escrituras:

  • En Jeremías 17:9 leemos: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" lo que nos revela una predisposición de nuestro corazón – de la carne de la que nos habló Pablo – hacia la perversión y el engaño. Esto lo vemos con claridad a nuestra tendencia natural al pecado.

Esto en aspectos prácticos nos habla de una responsabilidad, o mas bien, de la gran necesidad que tenemos de cuidar de lo que vemos y oímos porque, tal como está escrito en Proverbios 4:23 nos indica: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.

A entenderse: Si nuestro corazón tiende a la perversión y el engaño, y de este mana nuestra vida: ¿No es nuestra responsabilidad cuidar de aquello que dejamos entrar en nuestro corazón, a sabiendas de que este tiende a lo malo en vez de lo bueno?

La distracción también deja huella


Por otra parte y reforzando el riesgo de
esta exposición descuidada al mal, sin un genuino contrapeso edificante y constante fruto de la lectura de la Palabra, la oración sincera y en general, de aquellas cosas que te ponen en comunión con el Señor, en Proverbios 6:27 leemos: ¿Puede alguien echarse fuego en el pecho sin quemarse la ropa?”.

Y yo te extiendo la pregunta a mi y a ti: ¿Crees que podemos exponernos constantemente a malas noticias, de muerte, de malos augurios económicos, de decepciones amorosas ajenas, sin que esto tenga ningún efecto en nuestro corazón?

Mas aún: ¿Qué ganamos realmente en este intercambio? Porque claramente algo estamos buscando, pero defiendo que lo que sea que es, no vale lo que perdemos.

La respuesta corta a esta última pregunta es: Nada. La respuesta algo más larga pero prudente a considerar, es que sí estás ganando algo, pero probablemente ese algo que estás ganando tenga más que ver con una necesidad honesta que está siendo mal satisfecha a través de mecanismos que finalmente, no te están dando lo que buscas.

Todo esto es importante reflejarlo bajo la luz amorosa del Padre que a través de Su Palabra y exhortación entendemos que desea lo mejor para nosotros, tal como vemos en 1 Juan 5:3: “Porque este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos.”.

Porque quizás no todos hemos tenido la experiencia de paternidad en la cual el genuino amor estaba detrás de la disciplina que nos impusieron, y eso es válido también, sin embargo, entendemos que si la Palabra de Dios nos llama a algo, siempre es por nuestro bien y fundado por Su perfecto amor; hacemos bien en renunciar a la soberbia frente a estos mandamientos a luz del bien que nos hace, aún cuando no nos hace mucho sentido.

Tú también mereces ese cuidado


Frente a esta problemática moderna a la cual tanto nuestros padres y abuelos ya se veían enfrentados según los distintos medios de sus tiempos, hoy en cambio nuestra lucha se eleva por el torrente de información que cargamos en nuestros bolsillos y así, suponen un mayor desafío para velar por aquello que dejamos entrar en nuestras vidas y corazones.

Eso si, no tengo deseos de complicártelo porque la realidad es que no es tan complicado en la medida que se haga desde el corazón correcto. Me explico de la siguiente forma:

Imagina que tienes a un niño frente a ti, puedes pensar en alguien a quien quieres ya sea tus hijos, sobrinos, primos pequeños, etc.; lo importante es que sea alguien quien te importa y claramente depende de ti para que se le guíe.

Imagina ahora que a este niño se le acerca alguien quien tú no conoces y, evitando que le escuches, intenta susurrarle algo a este niño en tu presencia.

Yo te pregunto: ¿Cuál sería tu primer instinto?

Si tus prioridades están en orden y hay un corazón en ese pecho latiendo, querrás alejarlo, descubrir qué le está diciendo al pequeño, y asegurarte que lo que sea que le haya dicho no eche raíces desmintiéndole y asegurándote de que sepa la verdad sobre cualquier cosa que creas que podría hacerle daño.

Ahora, yo te pregunto: ¿Acaso no eres tú merecedor del mismo amor y consideración respecto a lo que permites que tu corazón escuche en su día a día?

Nuestro Dios dice que sí, que sí lo mereces y no solo eso, te es fundamental para llevar una vida cuyos frutos sean buenos y no malos, o sea, en donde reine Su presencia, amor y resguardo en tu vida. Porque si hay aunque sea una pequeña presencia de amor y paternidad en nuestras vidas, fluye de Él primero, quien es nuestro Padre y nos adoptó como hijos en Cristo Jesús.

Resistir desde la fe, no desde el temor  


Esta buena práctica la cual tiene que ver con el resguardo de nuestros corazones y aquello que alimentamos en nuestro diario vivir, puede también pervertirse mediante las artimañas del enemigo quien en cambio, busca que te obsesiones con los malos pensamientos o aquellos sentimientos más desafiantes de vivir, como el miedo, la tristeza, la ira, etc..

Esto lo vemos cuando frente a estos mensajes, pensamientos y sentimientos nos vemos enfrentados y tentados a entrar en temor a que, si lo escuché, lo pensé o lo sentí, entonces es verdad, estoy perdido y condenado… Como te darás cuenta, esto también es una trampa porque nuevamente no está reinando el amor y el perdón del Padre en Cristo, sino el miedo.

La Palabra nos revela a través de Pablo que antaño éramos esclavos del pecado, pero en Cristo Jesús somos libres de este.

Sin embargo, también nos invita a vigilar, esto es, a resguardar que nuestras decisiones reflejen la servitud que tenemos a la luz y no a las tinieblas. Entendiendo que podemos caer al pecado, mas no somos esclavos de este, y es nuestro deber y gran necesidad volver a Cristo.

Otra forma de decirlo es que si ahora no somos esclavos del pecado en todas sus formas, entonces en el nombre de Jesús poseemos autoridad para resistir estos mensajes, pensamientos y emociones. Y esta autoridad, la real autoridad de la que nos enseña la Palabra no está en la ira tampoco, sino en el amor y la plenitud de mando que tenemos frente al pecado a través de nuestra fe en Cristo.

Por esto, empequeñecernos frente a estas cosas o también, llenarnos de ira y emprender una lucha a espada contra estas cosas son dos extremos que reflejan una misma verdad: Hay miedo al centro, solo con distintas formas de resistirla en nuestras fuerzas.

La resistencia aquí habla menos de un enfrentamiento o de un evitamiento, sino de la presencia pura y en fe, poniendo nuestras cargas de pensamientos, preocupaciones y angustias en todas sus formas a los pies del trono y pidiéndole que sea Él quien se glorifique y nos resguarde; no nosotros.


Trato de tener mucho cuidado al escribir esto, pero quizás lo mejor que puedo hacer aquí es advertirte directamente: Esto no se trata de librarnos del estado, sino de confiar en Su voluntad y seguirle a pesar de las circunstancias. Porque muchas veces nos equivocamos esperando que nuestra oración sea medio para que Él nos libre de los males que nos aquejan.


Eres libre de pedírselo y mantener tu fe en que puede librar, ¡porque puede! Pero tal como el Señor Jesús dijo en el Getsemaní tras abrirle Su corazón en Lucas 22:41-42: 41 Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, 42 diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”.

Porque como conocemos del carácter de nuestro Padre en los cielos, entendemos que realmente TODO aquello cuanto hace, aún y sobre todo cuando no lo entendemos, sirve para bien. 

Y este bien trasciende nuestras ideas de lo que significa bueno, entendiendo que el mayor acto de bien para la salvación de la humanidad fue hecho con sangre y sufrimiento en la cruz, y no en el descanso en un hogar seguro donde no ocurría nada; es a través de las pruebas que el Señor obra en nuestras vidas, no en ausencia de estas.

La fortaleza que nace al mirar a Cristo


Toda esta realización, estos procesos y a mi parecer, lo propio de la madurez de un creyente quien resguarda su corazón y le edifica en la verdad bíblica, es donde vamos consolidando más de la virtud de la
fortaleza.

Pero esta fortaleza no es la del mundo, que pretende fortalecerse en sus adquisiciones y en decisiones estratégicas para mantener una fachada hacia afuera que aparenta fuerza. No, nuestra fortaleza es bíblica: Es aquella que se da en la medida que yo disminuyo, y Él aumenta. (Juan 3:30)

Entonces, como nos muestra Isaías 33:17-20, moviéndose ahora nuestro foco de nosotros mismos y poniendo nuestros ojos en Cristo, leemos el fruto prometido de este sacrificio:


17 Tus ojos contemplarán al Rey en su hermosura,

verán una tierra muy lejana.

18 Tu corazón meditará en el terror, y dirá:

¿Dónde está el que cuenta?

¿Dónde está el que pesa?

¿Dónde está el que cuenta las torres?.


19 No verás más al pueblo feroz,

pueblo de habla incomprensible, que nadie entiende,

de lengua tartamuda, que nadie comprende.


20 Contempla a Sión, ciudad de nuestras fiestas señaladas;

tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud,

tienda que no será plegada,

cuyas estacas no serán arrancadas nunca,

ni rotas ninguna de sus cuerdas.”


A grandes rasgos, esta promesa nos revela varias cosas propias de una vida que comienza a construirse sobre el fundamento de Cristo:

  1. (...) Contemplarán al Rey en su hermosura, verán una tierra muy lejana: Nos habla de una secuencia natural; contemplar es parte de la oración y la lectura de la Palabra, y desde esta misma contemplación y comunión con el Rey, se producirá el fruto de una fe que ya no ve hacia lo malo, sino ahora ve en la tierra lejana (o en el futuro) el bien que le espera; Restauración y Vida Eterna.

  2. Tu corazón meditará en el terror, y dirá: ¿Dónde está el que cuenta? (...)”: Al pensar en el pasado y considerar aquellas cosas que antes nos generaban espanto y terror, nos sorprenderá la nueva realidad: Ya ninguna de esas cosas están, lo que por su parte puede significar una de dos cosas: O literalmente las amenazas desaparecieron, o por otra parte podrían seguir ahí, pero tu mirada ya está puesta en esperanzas mayores, y eso que antes te causaba espanto hoy ya no importa.

  3. “(...) tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud, tienda que no será plegada”: Todo esto te lleva a esa quietud, que es la paz que el Señor Jesús nos prometió desde un estabilidad que no es movida, en donde ni viento o tormenta alguna podrá removerte, porque estarás firme y puesto en la seguridad que es en el Señor, y no en tus propias fuerzas.

Conclusión



Amado, todos estos procesos son desafiantes, y la vida va de esto. No decaigamos en ánimo y recordemos que no somos los únicos enfrentando estas cosas, en cambio, fortalezcámosnos recordando que ninguna de estas luchas el Señor las ve en vano, sino como un medio para que quienes le amamos, seamos fortalecidos en la fe y encaminados a la realización de Sus promesas. Compartamos nuestras cargas y sostengamos a otros en amor para ser obedientes a la Ley de Cristo (Gálatas 6:2).

Muchas veces cuesta aceptar que la realidad es una, siendo la lucha natural del hombre contra la autoridad de Dios sobre nuestras vidas y de aquello que permite que vivamos, mas existe una clara invitación a trascender estas cosas en la paz que solo el Señor nos da; no este mundo, no en sus afanes de ser amos y señores de sus propias vidas.

¿Todo esto significa que si está a tu alcance sanar de algo no deberías buscarlo? De ninguna manera, tal como Pablo dijo que si éramos esclavos, procuremos nuestra libertad, mas la realidad es simplemente otra:

Siempre habrá un aguijón en nuestras vidas al cual nos veremos tentados a querer eliminar, y nuestra paz si depende de lo circunstancial (la salud, el ánimo, otras personas, etc.), siempre será una paz superficial y sutilmente ansiosa; expectante de aquella próxima cosa que podría privarnos de nuestra seguridad.

En cambio, un alma que descansa en la provisión del Padre primero, esto es, que frente a cada circunstancia sabe abrir las manos y soltar aquello que le está siendo pedido para ponerlo frente al altar de Dios, entregando sus cargas pero finalmente confiando en Su voluntad, encontrará la paz y la presencia necesaria no solo para avanzar en su día a día y vivir, sino también para hallar las perlas de gozo y Gracia que el Señor deja para nosotros constantemente. 

Así, vamos despertando al amor que nos demuestra segundo a segundo, en cada instante, cuando aquietamos el espíritu y como Elías, logramos escuchar Su voz en un apacible susurro que aguarda por nosotros. (1 Reyes 19:12)

Como un pastor me dijo al principio de mi camino, y que te comparto también a tí en Deuteronomio 31:6:

Sed firmes y valientes, no temáis ni os aterroricéis ante ellos, porque el Señor tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará.

Amén.


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