El descanso de la rendición: Soltar el control para encontrar paz
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| Salmo 91. ¿Tú dónde descansas? |
El descanso de la rendición: Soltar el control para encontrar paz
En la naturaleza cambiante de nuestros recursos como seres humanos, muchas veces tendemos a poner expectativas sobre nuestras fuerzas para dedicarnos a nuestras responsabilidades del día.
Pero hay días en los cuales simplemente no está en nosotros toda la energía que nos gustaría, ni todo el deseo de hacer aquello que, en otras circunstancias, querríamos hacer.
Y en esos días, donde las energías difícilmente parecen estar y no estamos del todo presentes: ¿Quién reina sobre tí cuando te enfrentas a tu cansancio? Porque opciones hay unas cuantas:
Unos utilizan la disciplina aquí como el canal que transforma nuestras vidas; la capacidad de hacer aquello que tienes que hacer, aún cuando no está en tí hacerlo, y vencer la “naturaleza” de algún modo como proeza.
Otros, podemos entregarnos y renunciar por completo a nuestras responsabilidades de forma negligente pero bajo el argumento que es simplemente lo que necesitamos ahora, bajo el argumento del amor propio.
Y otros podemos simplemente huir en la procrastinación para evitar enfrentar la paralizante realidad que es nuestra inhabilidad para hacer aquellas cosas que sentimos que debemos hacer.
Pero en estas tres respuestas hay una idea que las subyace, por opuestas que parezcan estas ideas, que nos mantienen sometidos a una presión impuesta sobre nuestras vidas: La autodependencia.
En la Palabra encontramos en Mateo 6:33: “Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”, lo que nos habla de que nos encontramos insertos en un reinado, y por ende, reconocemos a la autoridad de Dios en nuestras vidas.
Buscar el reino va más allá de nuestras propias ideas respecto a cómo debería ser nuestra vida, nuestro día, nuestras decisiones, nuestras energías o inclusive la etapa en la que nos encontramos que en algún lado nos decimos “debería ser otra ya” . Si bien aquí hay un rol que juega nuestra propia autonomía, entendemos que por vivir bajo un Dios omnipotente, nada realmente se escapa de su autoridad y por ende, siempre nos encontramos sometidos a ella.
Cuando nos enfrentamos a la realidad de disgusto, esto es, circunstancias las cuales nos gustaría hacer distintas, o que simplemente no estuviesen ocurriendo, nuestra tendencia humana y natural es luchar contra esta de las formas que estén a nuestro alcance.
Sin embargo, si hay tensión y conflicto en nuestras vidas se debe directamente a nuestra oposición a la realidad, esto es, a la autoridad que ejerce nuestro Dios legítimamente sobre nuestras vidas. (Aquí hay matices importantes respecto a aquellas cosas que en ocasiones podemos atribuir equivocadamente a la voluntad de Dios, cuando mas bien pueda tratarse de nuestro propio miedo a responder a la llamada, la que podemos explorar en otra conversación).
Y estrategias para tomar control son varias, infinitas quizás, que fluctúan entre razones aparentemente razonables como por ejemplo, buscar incesantemente lo que hicimos mal para así evitar que ocurra nuevamente, o ya menos razonables pero quizás más viscerales como simplemente enojarnos con nosotros mismos, con nuestras vidas, con Dios, como si algo esto fuese a cambiar.
En realidad ahí, si bien nuestras emociones son válidas y el Señor nos insta a abrir nuestros corazones a Él en oración tal como aceptó de parte de Job en su aflicción (gran ejemplo de esto por cierto), es primera y evidentemente una revelación contra la autoridad de Dios en cuanto a nuestras vidas, tal como hizo Coré, quien frente a la frustración de no poder ingresar a la tierra prometida, creyó revelarse contra Moisés, pero Moisés fue claro en indicarle realmente contra quien se oponía en Números 16:11 al decir:
"Por tanto, tú y toda tu compañía os habéis juntado contra el Señor; pues en cuanto a Aarón, ¿quién es él para que murmuréis contra él?"
(Aquí hago un especial reconocimiento a la célula bíblica “Nido de Águilas” en Los Ángeles, Chile, en la cual escuché esta historia y dejó la impresión para abordar esta pregunta.)
La rendición
Aquí, la rendición parte a ser esa tercera vía que quita de encima de nosotros el yugo pesado que es la ilusión de nuestra autoridad completa sobre nuestras vidas porque, ¿no es todo lo bueno regalo de Dios? (Santiago 1:17), y en esta misma línea, ¿no es lo malo también permitido por el Señor, a beneplácito de su buena voluntad? (Job 1:21).
A consciencia de que la realidad misma está sometida a la voluntad de nuestro Dios, aquellas cosas que nosotros podemos catalogar como “buenas” o “malas” quedan cortas realmente a la comprensión más completa y perfecta que el Señor tiene sobre lo que es verdaderamente bueno para nosotros, pero entendemos nuestra inclinación natural a resistir esto con Hebreos 12:11, en donde leemos:
“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.”,
Pero nos podemos recordar tal como el Señor dijo a través del profeta Isaías en Isaías 55:9:
“Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.”
Edificar en humildad
Desde esta consciencia entonces en la cual reconocemos nuestra tendencia natural a resistir la autoridad del Señor sobre nuestras vidas y las distintas circunstancias y condiciones internas y externas que se ciernen sobre nosotros, la liberación está al alcance primero, en el ejercicio de la compasión frente a nuestra propia disposición a resistirnos y así, a entrar a la ligereza de la cual nos habló el Señor Jesús cuando nos dijo, tal como está escrito en Mateo 11:29-30:
“29 Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas. 30 Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.”
La mansedumbre y la humildad de corazón es lo que nos libera a tí y a mí a aceptar nuestra naturaleza limitada como seres humanos para que, desde esta humildad, podamos edificar en nuestro día a día desde la plenitud que es la ligereza de la carga que el Señor nos regaló para reemplazar aquella que muchos acarreamos sin darnos cuenta.
Esto nos ayuda a abrir los ojos no solo a lo que no está a nuestro alcance hacer, sino también a aquello que el Señor en su infinita gracia y amor, deja a nuestro alcance día a día para que podamos ser parte de su obra en el presente. Aún cuando, y sobre todo en aquellas situaciones en las que estábamos convencidos que no había nada que pudiésemos hacer bajo las condiciones en las que nos encontrábamos.
Esto es más evidente en la vida de quienes enfrentan enfermedades las cuales cambian por completo sus capacidades, planteando limitaciones las cuales a ojos mortales puedan parecer crueles y sin propósito, pero que en diversas ocasiones y a sorpresa de todos, estas personas descubren nuevos propósitos que energizan sus vidas como nada lo había hecho antes para ellos.
Porque cuando dejamos de luchar contra lo que es, podemos dar lugar a lo que podría ser. Y en esta nueva ligereza, está ahora la libertad para emprender la carrera: Un paso tras otro paso, con presencia, amor, humildad y sobre todo, confianza en aquel que nos amó y quien hoy nos acompaña momento a momento.
Amén.

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