Entre lo correcto, y lo bueno

Eclesiastés 7:16-17. "No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte? No hagas mucho mal, ni seas insensato; ¿por qué habrás de morir antes de tu tiempo?" 
Durante una oración sincera, tuve una conversación con el Señor a quien le exponía mi gran necesidad de guía y de paz en mi actuar.

Pero en el Espíritu, yo sé que el Señor me estaba llevando a abrir, aunque sea un poco más hoy que ayer, mis ojos.

El mito de la decisión correcta

Durante la oración comencé a darme cuenta de que en mis palabras me estaba transmitiendo algo clave en mi forma de moverme en mi vida: Vivía sometido al mito de la decisión correcta; aquella que sí iba a dar buenos frutos, en contraste a un gran listado de otras que no.

Las preguntas respecto a desde dónde vienen estas ideas ya no van al tema, lo que me resultó interesante fue darme cuenta de cómo esta mirada determinística - me parece que es el concepto - me hace vivir en una constante presión respecto al vivir porque: ¿Cómo se sabe realmente cuál es la decisión correcta antes de tomarla?

Este no es un criterio saludable ni sostenible frente a cualquier reflexión mínima de prueba, pero aún así, un lado mío es comportaba constantemente como si fuese esto posible y no solo eso, sino que lo moralmente correcto.

Lo correcto no siempre está a nuestro alcance

Pero luego de orar y profundizar en esto, la verdad comenzó a aparecer con más claridad, una que me transmitía en primer lugar que el Señor nunca me pidió ni a mí ni a nadie el hacer las cosas correctas, sino en hacer el bien que está a nuestro alcance y consciencia hacer.

Porque si bien se dice popularmente que Dios no mira las intenciones, ¿es algo así sostenible en la práctica? En el sentido más directo relacionado al carácter de nuestro Dios quien es justicia, claro, una decisión que si bien podría haber tenido una buena razón resultó en hacer el mal es a todas luces sujeta al juicio de nuestro Dios.

Pero, ¿no es este juicio uno que finalmente le corresponde al Señor? Si algo necesitamos nosotros es entender y aceptar que lo mejor que tenemos a nuestro alcance para hacer está lejos de ser lo correcto, sino lo bueno porque: ¿Quién sabe realmente qué frutos producirán sus acciones? ¿No es un afán autorreferente el juzgar a posteriori nuestra acciones?

Lo correcto no nos corresponde porque, en nuestra limitada naturaleza, es imposible saber cuál es la decisión correcta frente a cada circunstancia.

La decisión buena

Sin embargo, sí nos corresponde tomar la decisión buena, esta es, aquella que responde al mayor bien disponible para nosotros. Aquí veo una relación directa con el concepto de Magnanimidad del que habló Tomás de Aquino, la cual nos invita a apuntar al mayor bien posible disponible para nosotros, dentro de nuestra percepción e invitando al Señor a ofrecernos su guía y confirmación dentro de lo posible para luego, emprender desde el mejor corazón dispuesto.

El camino luego te anunciará cosas:

  • Fallas de carácter,
  • un corazón que estaba inclinado en el sentido incorrecto frente a una decisión,
  • un fracaso aparente y sin sentido
    ... pero los cuales, todos estos llevan tu historia hacia adelante, y se extiende como un lienzo listo para que Dios pueda entrar y obrar en tí a través de su Gracia y buena voluntad.

Porque está escrito en Romanos 8:28

Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito.

Dios nos mira como hijos

Porque Dios no ve en tí a un adulto que sabe todo y por ende, está obligado a tomar todas las decisiones correctas frente a su propia vida, no.

La verdad es más simple y amorosa: Él nos ve como niños, quienes necesitan guía, paciencia y amor en el sentido más completo y profundo de la palabra.

Quizás es más fácil ilustrarlo con la imágen de un niño en un parque: 

“Una visita con el padre estando presente, sirviendo como guía en los momentos clave y en la medida que el niño lo busque; sirviendo como ancla para el pequeño que se aventura en su mundo que se va expandiendo en lo desconocido, contando con que al final y frente a las caídas inevitables y tropiezos con otros niños, pueda volver con seguridad a esa mano que está ahí, esperándole con los brazos abiertos, listo para reconfortarle, motivarle y guiarle a dar otro paso más.”

Así, el Señor y su relación con nosotros es la misma: Él no es un Padre que espera verte caer para dejarte sufrir sin propósito porque no tuviste tú el cuidado, mas bien es aquel que te está mirando, a la distancia y más cercano que nadie, cuidando de tí, recordándote quién eres, lo amado que eres y tus responsabilidades, y quien al momento que te ve caer, ahí está, listo para sostenerte, limpiar tus lágrimas y recordarte que todo estará bien.

Los brazos abiertos de Cristo

Si hay algo que hemos de recordar de la Cruz, y que debiese regir relación con nuestro Señor, es que Él en sus últimos momentos mantuvo sus brazos abiertos por nosotros. No había una vara, no había siquiera la justa retribución y venganza por el pecado que se había cometido contra su perfecta y santa vida, sino que hubo perdón cuando dijo en Lucas 23:34:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Y ese perdón y compasión que el Señor extendió para nosotros: ¿Quién soy yo, o tú para revocarnoslo? 

¿Acaso nuestro criterio es mayor que el de nuestro Dios? ¿Acaso nuestra sabiduría y justicia es mayor que Aquel que está en los cielos? Como está escrito en Job 42:3:

“(...) Por tanto, he declarado lo que no comprendía, cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no sabía.”

Tu criterio y el mío respecto a nuestras vidas está errado y limitado; partamos desde esa base y muchas cosas dejarán de ser faltas de sentido, en Eclesiastés 7:13 leemos:

Considera la obra de Dios: porque ¿quién puede enderezar lo que Él ha torcido?

Practicar justicia, amar misericordia, andar humildemente

Y aquí, si bien la forma de condensarlo de nuestro Señor Jesús es mucho mejor, hay una Palabra que tiende a ayudarme bastante para aterrizar mis expectativas y exigencias cuando todo parece importante y urgente, en Miqueas 6:8, que es mi fondo de escritorio, se lee:

Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno.

¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti,

sino solo practicar la justicia, amar la misericordia,

y andar humildemente con tu Dios?”



Y tú y yo, imperfectamente y con compasión nos recuerdo esto, nos atrapamos con angustia y ansiedad usando la vara del mundo para medir el valor de nuestras vidas, mientras damos la espalda a aquello que Aquel quién nos creó nos pidió valorar por nuestro bien.

Porque si no hay paz, no importará cuanto cambiemos lo externo con logros, ni con un nuevo trabajo, o con una nueva pareja o amistades, ni llendo a una nueva ciudad; el vacío prevalecerá.

Pero si hay paz, hasta lo más pequeño adquiere un nuevo color; entonces el presente se abre al gozo, y somos libres para disfrutar y crear con aquello que el Señor, en su infinita gracia, nos regala momento a momento en su creación.  

Así sea para tí y para mí; no descuidemos lo interno, nuestros corazones, nuestra salvación y relación en Cristo Jesús.

Amén.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

El descanso de la rendición: Soltar el control para encontrar paz

Sobre Toda Cosa Guardada: La Herida Invisible y el Cuidado del Corazón